sábado, septiembre 16, 2017

Llueve en Oxford

Sábado, madrugada en un país ajeno
llueve quedito sobre la grama,
como si al cielo gris no le importaran los clichés.
El verdor, sin embargo, timbra
detrás del vaho que sale de mi boca.
La taza de café,
hecho con granos de otras latitudes,
las tuyas,
despide aromas y calor hecho nubosidades
que se forjan y se deshacen
evanescentes, quimeras.
El amanecer mío, que no es mío, es tu noche,
que tampoco es tuya.
Pienso, no concilié el sueño con mi cuerpo
mas me quedé tranquilamente contemplando
tus palabras,
las últimas líneas de la noche
disparadas con cierta atención
y cierto descuido.
Sonrío a pesar del desvelo,
descalza como estoy, como me gusta estar,
sintiendo el frío de la madera húmeda
debajo de mis pies
la conexión milenaria con las vibraciones vegetales
también de otras latitudes.
Volveremos a estar en el mismo plano espacio-temporal,
me pregunto sin preocuparme demasiado
por la realidad de las cosas,
de que no eres mío, ni lo fuiste nunca,
ni lo serás, quizá.
Llueve, suave sobre la grama,
meticulosa como en los demás jardines de Oxford.
Estarás sorbiendo tu café a mi lado,
te imagino, tus libros en mano,
mirando el amanecer desde tu sueño americano.


viernes, septiembre 15, 2017

Miradas Otras: Apuntes sobre el seminario sobre derechos humanos, género, arte y activismo en el Senado


18 julio 2017
            Para darle otra mirada a Miradas Otras, seminario sobre derechos humanos, género, arte y activismo llevado a cabo en el Senado de la República del 12 al 14 de julio, 2017, es menester, primero, reconocer la labor de amor con la que se planteó y se organizó este coloquio de artistas dispuestas a interpelar a (algunos) de los dirigentes del país. El sitio mismo del seminario me dio una cierta cosquilla intelectual: ¿Por qué se daría un curso que pareciera fluir en contra del estatus quo de un gobierno sumamente hetero-patriarcal (¿acaso hay otro tipo de gobierno en alguna nación moderna? pregunto) ¿ Y de dónde emanarían los fondos y la voluntad de patrocinar tal curso de capacitación? ¿Y entonces, cómo apropiarse de un espacio ajeno, quizá hostil, para verter años de prácticas sociales y artísticas en breves presentaciones para un grupo desconocido de polític@s y ciudadan@s que quizá no se hayan jamás planteado un cuestionamiento profundo de los roles de género que parecen tan estables, tan naturales, tan arraigados en la cultura? ¿Qué se logrará con tres días de seminario? ¿Habrá seguimiento?
            Desconozco los detalles de la gestión, claro, porque llegué yo por accidente, o más bien por pura chiripa ya que me llegó el dato por difusión de base: es decir, una colega estimada publicó el cartel en su muro de Facebook, y yo, por casualidad, que vivo en Arizona y estoy llevando a cabo investigación sobre cuestiones similares, estaba acá en la ciudad y pude asistir. ¿Quién soy yo, más que una humilde observadora que no radica ya hace muchos años en el país para opinar, al final? Sin embargo, aquí me permito opinar de todas formas, es mi privilegio pero además es mi deber. El curso fue presentado por La Casa Pública y patrocinado por la mesa directiva del Centro de Capacitación y Formación Permanente del Senado. Según se dio a entender, la senadora Blanca Alcalá estuvo presente si no en materia física, sí en cuanto a la promoción de esta invitación a los colegas en el senado a instruirse en una perspectiva de género a través del arte hecho por artistas asumidas como feministas, cuyo arte tenga una postura política y que incidan sobre muchos de los problemas más urgentes de la actualidad mexicana, tales como: la maternidad precaria tanto como los derechos corporales de las mujeres (autonomía física, derecho a acceso de anticonceptivos, abortos, seguimiento en casos de violación), la marginación social de l@s trabajador@s sexuales, la participación (o no) cívica de las mujeres, los feminicidios y la misoginia en general, el lenguaje machista que rompe los vínculos afectivos de la familia y por ende la comunidad, la precariedad de ser mujer (cis o trans) en espacios públicos, la violencia intrafamiliar, la invisibilización de mujeres indígenas y de afrodescendencia, y también de la labor feminizada (como, por ejemplo, la gestión artística) entre otros muchos temas.
            Me permito unas notas sobre el entorno: No hubo costo para los participantes y el seminario fue abierto al público con inscripción previa, es decir, hubo cierto acceso, aunque, claro, sabemos que la autocensura es muy fuerte, y las personas que no se imaginan apoderándose de los escenarios de poder rara vez irrumpen en espacios altamente codificados, tal como éste. La curación de la artista/ activista Lorena Wolffler, tanto como su suma inteligencia y delicadeza al manejar tiempo, espacio y códigos discursivos al moderar las conversaciones se debe de aplaudir. Durante tres días, hubo un recorrido coherente, profundo, con una trayectoria lógica, de 10 artistas practicantes cuyas formas de hacer arte intersectaban y divergían, planteaban reflexiones que no sólo servían para educar a un público diverso, de prácticas y conocimientos diversos, sino hacían arte de calidad y lo ponían en tela de juicio, sabiendo que pudiera haber repercusiones sociales por sus propias intervenciones. El espacio en sí fue concurrido por unos cuantos senadores y trabajadores relacionados a la labor política, otros tantos trabajadores y camarógrafos (según entendí, el seminario se difundió por el canal del Senado para mayor alcance), y un público general mayoritariamente femenino, poblado de artistas, académicas, activistas y ciudadanas con interés en el tema, en el arte, en la lucha social y con la esperanza de un cambio profundo en nuestra sociedad. El mayor logro, a mi juicio, fue que durante las 10 horas del seminario, el poder de la palabra lo poseían las artistas. Ellas/ elles hablaban de su arte, desde su arte, sin la mediación de una crítica externa o un aparato interpretativo. Eso es, presentaban su obra, su perspectiva, sus inquietudes, y a la vez, tejieron a través de su obra y su interacción con el público una tela afectiva que nos entrelazara. Es difícil despreciar lo que ya se conoce, cuando te miran a los ojos y te obligan a ver la humanidad compartida sin importar el género, el sexo, la etnicidad, las preferencias y prácticas sexuales y afectivas, las costumbres culturales. A través de las miradas otras, se logró una interseccionalidad profunda. Claro está, que en el transcurso de seminario hubo momentos de incomodidad, de choque, de preguntas que pudieran interpretarse como micro-agresiones, pero que fueron contestadas con amor, compasión y ganas de dialogar en vez de arrebatar la palabra. Hubo miradas cómplices, pena ajena, lágrimas de rabia, de auto-dolor, de auto-reconocimiento, hubo imágenes escalofriantes y violentas, risas, mentes que se estiraban por abrirse, hubo lenguaje difícil de manejar, transformaciones lingüísticas planteadas y asumidas (por algunxs), declamaciones casi-poéticas, hubo interpelaciones urgentes a los dirigentes del país a tomar en serio las exigencias de la ciudadanía, hubo celebración y condolencia, es decir, hubo crecimiento.
            Después de la presentación oficial—el reconocimiento del presidio, las formalidades que tanto incomodan a algun@s de nosotr@s, pero que forman, aunque sean arcaicas, parte ineludible de las prácticas culturales tan sin cuestionar como la supuesta “naturaleza” de los roles de género que se han creado a través de una repetición mediática y social feroz—arrancamos con la obra de la fotógrafa y documentalista Maya Goded. Su obra aguda, precisa, y sumamente dolorosa traza las vidas íntimas de mujeres prostitutas, orilladas en muchos casos por la pobreza o el abuso intrafamiliar, a vender el único recurso que reconozcan en sí. Como comienzo, nos obligó a todxs presentes a ver la cara humana de las que transitan “zonas de tolerancia” y las que no, cuyos cuerpos tienden a tener un valor menor en la consciencia colectiva, y definitivamente en materia de derechos legales. Siguió llevándonos a adentrarnos en la herida sangrante de la ausencia, contestando de manera frontal la idea tan difundida que las mujeres asesinadas, víctimas de feminicidio, o las desaparecidas, tuvieran alguna culpa o que fueran menos merecedoras de la protección legal o del amor, del duelo. Su obra pone en evidencia que las prácticas económicas, sociales, políticas de las últimas décadas repercuten en las experiencias vitales de las mujeres, de las familias, desperdiciando así el mayor recurso que tenemos como sociedad, nuestra humanidad compartida.
            Acto seguido, la fotógrafa Ana Casas Broda nos mostró su mirada punzante y autocrítica sobre los lazos familiares que formulan nuestras identidades, y cómo el cuerpo materno tiende a ser vigilado, controlado y vilificado. Su honestidad ante la cámara y su forma de desafiar al qué dirán ejemplifican el lema “lo personal es político”. Las madres no somos ni puras, ni putas, sino complejas, con deseos, sueños y realidades que si bien intersectan con las vidas de nuestr@s hij@s, no se resumen ni residen sólo en ellas. Nos invita también a reflexionar sobre (y romper con) las violencias que podemos ejercer sobre nuestras familias, y nuestro rol en la creación y repetición de los patrones sociales imperantes.
            Cerró el día con Ximena Cuevas, destrozada por la muerte reciente de su padre, patrimonio nacional, cuya mera presencia en un periodo de duelo representa la labor emocional que hacemos las mujeres, tantas veces ignorada, el compromiso con el arte y el activismo.  La presentación del cortometraje Del cuerpo presente, dirigida por la pionera cinematográfica Marcela Fernández Violante sirvió en primera instancia para destacar la epistemología feminista, la co-construcción y el trabajo en colectividad que se da, subrayando su propia labor como editora, trabajo muchas veces invisible dentro del gremio.  (Es de notar que Maya Goded también destacó la aportación de la editora de su documental La plaza de la soledad, Valentina Leduc.) En segunda instancia, y para los muchos presentes que no habían visto antes el cortometraje, fue una revelación, capa sobre capa, editada de manera que obligara a ver las conexiones entre el melodrama, la educación sentimental que nos heredó el cine nacional (creado muchas veces bajo los auspicios de instituciones gubernamentales), y la violencia de género (y también intrafamiliar, la vulnerabilidad de l@s niñ@s), los personajes femeninos chatos, y el doble filo del culto a la madre y el desprecio a la mujer devoradora.
            El segundo día comenzó con la obra de Cerrucha, artista visual que se empeña en ocupar espacios públicos, exponiendo en gran formato sus fotografías de cuerpos diversos, tatuados con dichos populares que nos encasillan y encarcelan en roles predeterminados, tales como: “Ese juego no es para niñas” tatuada en los brazos de una niña con mirada desafiante, o “Eres un mandilón” tatuado en la piel de un hombre con mirada triste, o “Mi marido sí me deja trabajar” en la espalda desnuda de una mujer. Ella, al tomar la vía pública, también ejerce su postura política de acceso, alcanzando un público que quizá no sea ya iniciado en el cuestionamiento del lenguaje y cómo vulnera a ciertos cuerpos mientras protege a otros. Su obra hace explícito cómo el lenguaje cotidiano funciona como la tortura china de gotas en que cada gota que cae no hace tanto daño, pero con el tiempo, la constancia, la fuerza de acumulación de micro-golpes puede causar un daño irreparable en la psique de todxs.
            Ana Francis Mor, cabaretera y teatrera, fundadora del grupo “Las Reinas Chulas” nos regaló la risa mientras cuestionaba la “universalidad” de los personajes masculinos. Su propuesta artística tanto como escénica (actualmente Las Reina Chulas están presentando su obra Las dinosaurias también roban, una sátira política que desmitifica a las esposas de los presidentes mexicanos y la actual “primera dama” de Estados Unidos, implicando así nosotras, las mujeres, en la manutención de ciertas desigualdades… es decir, no por ser oprimidas en algún campo somos libres de culpa, no por ser mujeres, las privilegiadas no ejercemos otros tipos de violencia) parte de la idea de que para las mujeres en el teatro, no había “personajes tan chidos” y así se ha dedicado a crear personajes para sí misma y otras mujeres que sean diversas, matizadas, poderosas y activas.
            Lorena Méndez, artista visual y de performance subraya con su propia corporalidad un rechazo a las reglas sobre lo “propio” y lo “indebido” rompiendo barreras también carcelarias, poniendo en juego los diferenciales de poder. Expone un proyecto en el que trabaja con hombres presos, y entre todos construyen significado a través de confianza mutua, intercambio de roles tradicionales: es decir, una invitación a la vulnerabilidad emocional para convictos, y el empoderamiento de la mujer, que tiene la libertad de movimiento que tanto le ha sido negado en espacios públicos.
            El documental de Lucía Gajá, última exponente del día, dialogó de manera directa con el trabajo de Méndez. Su documental Mi vida dentro surgió de un deseo de investigar las condiciones carcelarias para migrantes mexicanos y latinoamericanos en Estados Unidos, y terminó en un retrato íntimo de una joven migrante mexicana, y la historia de su juicio por la muerte de uno de los niños que cuidaba en Texas. La película y su presentación marcan una importante intersección entre la precariedad económica y física en la que se encuentran miles y millones de mexicanos que lleva a la migración forzada hacia el norte, y la doble marginación que enfrentan allá, sin la protección de sus derechos humanos ni aquí ni allá. Su segundo largometraje documental, Batallas íntimas sigue abogando por los derechos de las mujeres, en este caso, viendo luchadoras y sobrevivientes de la violencia doméstica por manos de sus parejas sentimentales, en España, Estados Unidos, Finlandia, India y México, así atravesando prejuicios culturales y clases sociales en su análisis. Notó, además como otras muchas de las artistas, la dificultad de conseguir fondos y apoyo para proyectos de esta índole, tanto como los retos de ser artista y madre a la vez. Aún hoy, en el 2017.
            El ciclo cerró, trazando los logros y la trayectoria de los movimientos de las mujeres desde los años 70 (partiendo del año internacional de la mujer de la ONU, cuya sede fue precisamente en México) hasta el día de hoy. Mónica Mayer, artista visual,  nos ofreció una mirada amplia y expansiva de qué significa utilizar el arte como militancia, el activismo como práctica vital y de supervivencia. Sus metas han sido desarticular y sorprender, para así romper con prácticas que ya no nos sirven para llegar a la igualdad de género en todos los ámbitos de la vida. El proyecto suyo con más alcance ha sido, según nos expuso, el de los tendederos, en el que se crea de forma colectiva, colgando papeles de color rosa, con frases que evidencian las macro y micro-violencias experimentadas por las mujeres y los cuerpos feminizados, en las calles. El acoso, los piropos, como el lenguaje, ejerce de forma sistemática una violencia cotidiana que ahuyenta a las mujeres de los espacios públicos, de los escenarios del poder. La auto-censura termina siendo una respuesta aprendida ante el acoso asiduo, y el poder que nos restamos es mayor que el que nos arrebatan directamente. Mayer traza las genealogías de artistas feministas, dando paso a las siguientes generaciones, y recordándonos que todavía necesitamos el feminismo, como todavía la visibilidad de las mujeres en la historia del arte y en la historia del país peligra al ceder la palabra exclusivamente a las instituciones. Notó, en particular, el problema de celebrar a “la mujer” sin incluir a mujeres como creadoras de las mismas celebraciones, como, por ejemplo, hacer festejos del 10 de mayo, con exposiciones fotográficas que retratan a mujeres, desde la mirada masculina, sin cuestionar el por qué eso sería, una vez más, ningunearlas. Ya bastantes ejemplos tenemos de las miradas de “ellos” sobre “nosotras”, Mayer nos recuerda que la lucha sigue en hablar desde nosotr@s, para nosotr@s.
            Lía García, La novia sirena, artista y activista trans, irrumpió en el espacio aséptico para llenarlo de carisma, candidez, afecto y alegría. Su propuesta, más allá de abogar por la visibilidad de los derechos trans—incluso lo más básico, el derecho a vivir sin violencias, sin miedos a ser asesinad@s por simplemente existir—es poner una cara cálida y amistosa a una realidad vital que muchos prefieren ignorar o silenciar, y festejarla. Ella nos invita a sus celebraciones de quinceañera, festejadas en lugares como el metro Pino Suárez donde intersecta la línea rosa con la línea azul, donde se encuentra la pirámide de Ehécatl, dios del viento y de las transformaciones, para así interpelar a un público popular. Es a través de su propio cuerpo, su propia voz, el reapropiarse del festejo (patriarcal sí, pero que se le ha negado por su condición de género trans) que crea lazos afectivos entre ella y el público, así logrando una apreciación mutua, la cual puede salvarle la vida a alguien.
            Lía, tanto como Mirna Roldán (Mirnx), con sus cuerpos, cuestionan las categorías de género, evidenciando la carencia lingüística que hay para describir, para narrar las vidas que no sean binarias.  El reto de Mirnx, en su trabajo fotográfico y de video, es desarticular los lazos afectivos familiares que nos atrapan en roles obligatorios. A través de exploraciones sumamente personales, nos relata su llegada al feminismo (¡a través de Mónica Mayer!) y su intensa necesidad de señalar las pequeñas injusticias vividas dentro de la familia, en la escuela y en la calle. Cierra el ciclo con más preguntas que respuestas, pero, así, pienso, se pone en práctica el feminismo y su praxis pedagógica: la co-construcción de conocimiento, el desmontar los grandes discursos, el sentirnos todxs con derecho a la palabra, a la imagen, al sonido.
            Entonces, pregunto ¿Acaso se logra algo con el arte? ¿Con el activismo? ¿O con un seminario así, tan lejos de los espacios populares? Diversidad de edad. Diversidad de tema. Diversidad de clase. Diversidad de mirada. Diversidad de experiencia humana. Herramientas afectivas tanto como estéticas para acercarnos a las vidas de l@s otr@s, no sólo desde lo marginal, sino plantearnos un cuestionamiento de lo hegemónico. Son granitos de arena, quizá, con las que podemos construir un palacio virtual, abierto a todos, una casa-nación que sea menos jerárquica y más horizontal, en la que la participación cívica y política no sea filtrada por el miedo, en la que los riesgos reales de la muerte se mitiguen entre tantos, que nos respaldaremos, que nos cederemos la palabra y el paso, con dignidad, que exigiremos de nuestros gobernantes y de nosotr@s mism@s. Hay que seguir trabajando, claro está, entre todas, todos y todes. Pero es un comienzo digno de notar, y aunque el cinismo puede ser una postura cómoda, nos han invitado, a través de las palabras y las obras, precisamente por entrar en espacios quizá poco acogedores o pertenecientes al arte, a la construcción activa de otro mundo posible. Acepto el reto.

Ilana Luna, Arizona State University

domingo, septiembre 10, 2017

Week: Weakness

My weak point isn’t usually my lungs. Some might suggest it is my heart, at least in a metaphorical sense, as I am unusually soft in all such matters, and, well, these days I’d have a hard time refuting such claims with any material proof, but, truly, my stomach, really, my lower intestinal tract, is my weakest link. After a lifetime of managing gastrointestinal distress, I’m more or less an expert in calculating how sick I will be and for how long, (depending on if it is food-related, beverage-related or stress-related malaise) whether I can safely venture out of the house or not, and if so, what precautions must be taken. Of course there is always the occasional misstep, the extra-long wait at the traffic light, just as you’re exiting the highway, almost home, but not quite, that amps up the urgency, and has you desperately tapping out rhythms on the steering wheel to distract your mind from the impending doom of your twisting and tumultuous viscera… but I digress.

Today what ails me is my lungs. After a long-awaited swing-shut of the door that has been dangling precipitously for months, all that was left was the emptiness, the dust-bunnies of absence, skittering around the now unoccupied spaces, and a dose of late-summer cold, ironic in this unending desert heat, that has settled, after a brief stint in my throat, into a raw, grating of the trachea, and a tightness of the lungs.

As a younger woman, I used to fall ill more often, I think back to epic infirmities, like the months-long rib-cracking cough that I caught from my students my second year teaching high school. I remember thinking that I should have sprayed my students’ papers with some sort of decontaminant before bringing them home to grade, diligently, before my modus operandi became procrastination, before I learned to kick the can just a little farther down the road. To avoid the hard work that must be done.

It occurs to me that sickness of the lungs is a ripe metaphor in and of itself. It reflects injury to the very mechanisms that sustain the immediacy of life. One’s need for oxygen, increasing, ever-increasing as the drowning death throes of a relationship abandoned, a bobbing, solitary boat out on the ocean, leaking, and wounded, struggling to make it to a welcoming shore. Or maybe I’m just sick and there’s nothing more, nothing transcendental about it, nothing in this feeling of loss, of this failure to thrive, of this never-begun journey.

I hate myself a little when I’m so self-indulgent, this should come as no surprise.

I cough, and wheeze, and think back to other iterations of this gape-mawed abyss. I sip an infusion of furry mullein (known mostly as gordolobo) and eucalyptus with honey, and I think of the smell of Santa Barbara in the fall, and the deep, wounding loss that I provoked, that I required, that I cannot regret, save for the ways in which it occurred. The loss I am feeling in my tightening chest tonight pales in comparison. It gets easier to walk away from pain and codependency the older one gets, one learns to shed their snake-skin, sloughing off in slithering esses, with less ado.

I came home the other night and the space once inhabited was empty, save for a few items that had been lovingly lent, and were now carefully folded in what only felt like a rejection, but might have been something different. (How can one know the motives of others?) I had dreaded this exact scenario, for months and years, always worried that one day I’d come home and his things would be gone, as if they had never been there in the first place, whoever he might be or have been. The concrete fear of abandonment, the particular cruelty of an unannounced relinquishing of care, was one I have always feared, despite never having experienced it. And it wasn’t the case here, either. This departure was long-announced, and even anticipated, marking a return of the status quo: you on your side and me on mine, and never the twain shall meet again. And yet, the absence was still doled out with shocking abruptness, still stung, like a slap to the face, or a smack on one's back, to dislodge something that is causing an attack of choking on air, or nothing at all.

Someone once said, maybe it was Nicanor Parra? that everything has already been said, and that we should demand an answer from the abyss. I don’t have much energy to demand answers from anyone about anything, not even myself. I just know what I don’t want anymore.

I don’t want to feel like I must make excuses for someone else’s behavior, their lack of care, twist myself up in knots to convince me, and the world, that if it weren’t for such-and-such a situation (or such-and-such a piece of baggage) they would be gentle and attentive in the way that I need, in the way that I am. I refuse. People either show up or they don’t. End of story. Hallelujah, praise be! Not a few of you, out in the world will say. Of course, you, who love me, will be gentler than that, less celebratory, more hushed in your tones. But the collective sigh of relief will be palpable. And I know. I realize that I am too kind to others and not enough to myself, that I make too many accommodations, until I decide to make none. That I have the power to excise this lingering tickle from my lungs. And I will. I must.

But tonight, I will sit in the darkness and meditate in the only way I know how. Fingers flying furiously over a dark keyboard, backlight, black letters marching across a white screen. I suppose there is and always will be tomorrow. And you can always rock yourself to sleep. You can’t ask for comfort from the person who has broken your heart, just like you can’t offer solace to the person whose heart you broke, have broken, will break. It is a simple impossibility. You can’t get blood from a stone.

You, too, will be looking for something in the darkness, in your travel, far from home, to expiate your guilt, to extirpate your demons, to soothe children who by no fault of their own exist in this world that we accidentally created for them. They, too, will be leaning out for love, like Suzanne, maybe forever. Maybe.


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My weakest point was never my lungs. I can fill them up, and sing.

domingo, septiembre 03, 2017

La primera pregunta

La primera pregunta
(para quien me la hizo)

Y vos me preguntás, ¿cuál es esa pregunta eterna?

Y te miro los ojos, llorosos, fragilidad hecha presencia

sin poderte contestar que

tu pregunta eterna siempre ha sido:

¿Serás capaz de amarme, de recibirme en tu vientre,

en tu piel, en tu conciencia?

¿Serás capaz de verme, de curarme,

cuidarme a mí, a mis hijos?

 ¿Dejarás que te proteja, que mi pecho te albergue?

¿Te volverás mi amante, mi amiga, mi madre,

mi hija, mi musa, mi abismo?

Ésa es la pregunta primordial, anterior a cualquier lenguaje,

la que no se formula ni en pensamiento tallado,  

sino en helechos que brotan del suelo de la selva.

¿Vos estarás cuando amanezca de esta noche sin estrella?

Y sólo te contesto con tu misma mirada,

en la que cabe el mundo.



lunes, agosto 21, 2017

Week: Paralyzed by fear

Do you ever find yourself striving to attain a goal, and then, just as you are inches from its accomplishment, you enter into some sort of strange paralysis that doesn’t allow you to take the final steps, to complete the most meaningless of tasks, to just fucking finish because you are terrified of what happens next?

Maybe it is just me.

I think back to the final year of my doctoral studies, my final, extended remix, in which I only had to write one damn chapter, and days and weeks would pass, and job interviews would happen, and other publications get submitted, but not the damn dissertation. It was a period of suspended existence in which it seemed like an ideal thing to fall in love with a person who had zero job-mobility, and no capacity for selfless love, and then pine for him from across the country once you got the job and actually finished. Right. I’m always running. Clavo saca clavo and all that, even if the nail that gets nailed away is an existential one in the coffin of a moribund relationship.

I’m frightened of change. And of calling a losing hand. There. I admitted it. I’d rather cling to a sinking ship, race through a burning building trying to salvage throw pillows and caviar, than to feel like I have abandoned someone in need.

Today, my beautiful, anxious, brilliant, terrifying, empathic baby girl started college. She signed up for 8 am classes Monday-Friday. She’s so eager to begin her life, especially after these last few years, of bifurcating paths, and dead ends that end in a crash and burn, and mostly, I also must admit it, success. I don’t see it, can’t see it, really, but it is there too. Years of struggle and hard work have paid off. Is it some sort of vindication of a cosmic meritocracy? I’d like to say I don’t believe in that at all… but it is hard to renounce your privilege, even when you know it is there. It is hard for my ego to let go of the idea that I somehow deserve this good fortune because I have been an ethical, diligent planner and worker. I don’t deserve it any more than I deserve the bad fortune and pain that I have experienced over the years. I’m trying to remember that I am not in control of much. Soon, not anything. But releasing the illusion of control can be freeing… if I could just… loosen… this… grip…

Phew.

I’ve always been a pessimistic pragmatist. When I was a small child, I wanted to die because the universe was ever-expanding, and if that was true, what happened beyond the edges? The idea of some negative anti-space past the bounded, yet expansive, universe and my certainty that there was, in fact, no benevolent god to imbue our lives with meaning, was too terrifying for my 5-year-old self to process.
If there is nothing, I would wail, then why exist? What purpose could there possibly be? At some point, perhaps fueled by hormonal shifts, and poetry-writing teenage angst, it occurred to me that the ONLY meaning in life is the meaning we, ourselves, give it, and that the purpose that I chose was love. In all its permutations. My 15-year-old self decided that the sweet torture of loving, and the moral rectitude of always working from a place of love, always towards love were enough to convince me to keep my nose to the grindstone, to keep shouldering on, because love was not the prize, it was the journey itself, and with that, I chased away my suicidal impulses which were never really about death, but rather of some desire to experience the terrifying non-existence that predates life, not the reverse. In my family, they would tease me mercilessly, and when I indignantly defended myself, they would say I was a pessimist. Any attempt to refute this family mandate was futile, because in the “no, I’m not!” the response would always be: “see? You’re so negative.” But even then, strong-willed Ilana, unruly, angry, wall-smashing, glass-shattering, pleasure-denying, punishment-seeking 10-year-old me was entirely confident in her own interpretation of reality, and that the unwavering fact was that she was NOT a pessimist, but rather a REALIST, and I hold that belief to this day. I read somewhere recently that people with depressive tendencies tend to more accurately assess reality because they don’t overestimate their control over a particular outcome through some filter of hopefulness. I felt vindicated.

If only for a moment.

Sometimes, I think, it is the dread of knowing the unknown is unfolding and we are quietly sliding down, down, downward spiraling out of control… and maybe our skin-in-the-game will offer enough friction to slow us down, to let us glutinously creep back up, scrambling for the peak, over which we have already spectacularly sailed… sometimes I know I’m full of shit. And conversely, what hubris is this inertia, to think that what we know is somehow inherently better than what we don’t, or that we can accurately predict ANY multi-factorial outcomes. But, seriously, I know what needs to happen and I STILL can’t make myself do it. I know that if I just quietly place one foot before the other, I can breathe, it will pass. But there is a terror when confronted with the surgical excision of our diseased flesh, even when we know that the most painful letting go of a cancer can never be a worse decision than avoiding the temporary sting of the scalpel.

All that to say, I know I have made the right decision by choosing a different path. We have made the right decision, my girl and I. And I think, my word, she has grown, she can go toe to toe with me and use my arguments against me, she can see through my pettiness and call it out, with a sharpness usually only doled out onto me by myself, she can cut through my excuses for the behavior of others, and she can be so very very compassionate to me (if not to herself. Learned behaviors, I know.)
I think back two and a half years ago, when confronted with the decision to pull her from public (actually, charter) school, to attempt to save her from a deep, dark depression. I didn’t know for sure that I was making the right decision, and I know that there are things I could have handled differently over the last years, choices or sacrifices that I could have made, perhaps should have made, questions that I should have been brave enough to ask, to face answers that I already intuited but was too afraid to have enunciated, and therefore become real. I was cautiously hopeful when I should have relied on my pessimistic realism, but I was just, so damn tired. And I needed to believe that I wasn’t just throwing pennies into an abyss.

Every time that someone would ask her: what school do you go to? What grade are you in? I would inwardly wince, not so much because I was ashamed of the explanation that I would have to give, but because I knew how much weight it put on her little shoulders, how her self-concept was tied up in the notion that she was somehow failing me, somehow failing to measure up to the children of my colleagues, by failing to conform to a system founded on structural inequities: structural racism, sexism, and obedience to authority. Now I’m no anarchist, and I have taught at public high schools and universities, and my financial security, if not my socio-identity, are precariously balanced atop a pyramid scheme that favors the few and is stabilized on the low-paid labor of many. Yet, I do believe in the transformative power of education. But not at the cost of my child’s life, and I did truly believe that at the time, it was a life or death decision. I stand by that.

I do.

Today she started college, and it would be easy to smile and nod and pretend that it was always smooth sailing. It wasn’t. There were nights of howling, shrieking, soul-rending pain, of mutual incomprehension, of my inability to properly parent, and of her inability to take mercy on me, or to imagine an emotional universe beyond her own, one that included a mama who is still just trying to figure it out, still just trying to be a coherent grown up, still just trying to build a house out of love, and still falling down in the mud.  There were weeks in which getting out of bed was, if not optional, a rare occurrence. Up until the final week of test taking, and lost passports, and an infinite number of pop-up disasters in a maddening obstacle course, she was unsure of her own ability to complete the task set out before her. I never doubted her ability, but I did waver in my belief in her resolve. So I offered her my resolve, to fill in the cracks, and today she offers me her energy, so I can finish this cycle strong, cross my t’s and dot my i’s, and send it all off to press.

I can.


We are soon to be alone again, in our little house in the desert. Tomorrow there will be massive protests in the city, and I feel compelled to not only bear witness, but to use my own body, my own privilege as a shield for others. I can’t say I feel entirely hopeful, I can’t say I can accurately predict the unfolding of the next few years, or even the next few months or weeks or days, but I can say that I am afraid, yet unashamed to own my fear and keep moving through it.